CORAZÓN DE AMAPOLA

CORAZÓN DE AMAPOLA

Corazón de Amapola 4

Esta noche os dejo otro de nuestros cuentos especiales de esta temporada: CORAZÓN DE AMAPOLA.

Escrito por mí e ilustrado por Isabel Ruiz Ruiz.

Se trata de un cuento personalizado paraque  la pequeña Muriel recuerde siempre a su abuela Carmen, encargado por Ana.

Ha sido un honor acompañar con mis palabras esta historia de recuerdos y superación.

En ella se mezclan las sabias palabras de Lucía Baquedano en “Cinco panes de cebada”, melodías de soprano, mariquitas, coral y amapolas.

Y cómo no, mucho amor.

CORAZÓN DE AMAPOLA

 

La pequeña Muriel descubrió un bello objeto en su casa escondido dentro de un baúl:

Una bola de cristal donde se suspendían pequeños copos de nieve.

Como flores de diente de león volando en una tarde de primavera.

Dentro de la bola, primorosamente colocados,

había una amapola, una mariquita y un trozo de coral.

Muriel sintió curiosidad y le preguntó a su mamá.

Ana le contó una historia.

Su propia historia.

Corazón de Amapola 1

“Cuenta una vieja leyenda que en el Jardín de las Amapolas,

vivía un hada muy especial: Carmen.

Ella era la protectora del color del jardín.

Sus enormes alas eran rojas con ocelos negros.

Al despertar, cantaba melodías con su voz de soprano.

La música del color en cada amanecer.

El verde de las praderas.

El amarillo de los rayos de sol.

El marrón de los troncos de arce.

El azul del cielo.

El blanco de las estrellas y la luna.

Y el rojo de su propio corazón.

Corazón de Amapola.

 

Carmen tenía una hija.

Su nombre era Ana.

Ella le ayudaba en las labores del jardín.

Las alas de Ana eran también de color rojo con ocelos negros.

La pequeña creció entre melodías,

besos y abrazos de su madre

y lecturas maravillosas

que compartían en los rincones del jardín.

Corazón de Amapola 2

Cuando Ana creció conoció a Jorge.

Juntos emprendieron el camino del Amor.

El tiempo pasó.

Una mañana, la voz de Carmen no sonó.

Cayó enferma y murió.

El jardín se sumió en una tristeza inmensa.

Los ojos de Ana lloraron lágrimas de cristal.

El color desapareció del jardín.

Las amapolas se hicieron grises.

El silencio reinó.

Todo quedó inmóvil.

Ana coleccionó lágrimas de cristal

y jugó a hacer figuras con ellas.

Corazón de Amapola 3

Sin embargo, una noche estrellada,

Ana y Jorge dormían abrazados.

Sus manos enlazadas.

Una pequeña mariquita se posó sobre ellas.

El eco de la melodía del color resonó en el sueño de los enamorados.

 

Corazón de Amapola 4

 

A los nueve meses,

Un 28 de diciembre,

nació Muriel.

Pequeños copos de nieve se suspendían en el jardín.

Muriel heredó de su madre y de su abuela sus alas:

de color rojo y ocelos negros.

Unas preciosas alas para volar.

 

En ese momento,

en un rincón del jardín,

una pequeña amapola recobró su color.

 

Ana, Muriel y Jorge compartían lecho y almohada.

La pequeña fue creciendo.

Los meses fueron pasando entre cariño,

noches lácteas y canciones.

 

Cada mañana, Ana cepillaba el pelo de su hija con un peine de coral,

El Peine de los Vientos,

y le cantaba la Melodía del Color.

Al principio, lo hizo de forma suave, tímida y discreta.

Pero, poco a poco,

lo hizo de forma más segura y bella.

Hasta que un día,

La pequeña Muriel también cantó con ella.

 

Y así, el color fue volviendo al Jardín de las Amapolas.

El verde de las praderas.

El amarillo de los rayos de sol.

El marrón de los troncos de arce.

El azul del cielo.

El blanco de las estrellas y la luna.

Y el rojo de sus alas y corazones.

El rojo de un solo corazón formado por tres voces.

Corazón de Amapola.

Corazón de Amapola 5

Ya no hay lágrimas de cristal el Jardín de las Amapolas.

Ahora hay risas, colores y recuerdos.

Aromas, estrellas y sueños.

Hay una amapola, una mariquita y un peine de coral,

suspendidos entre copos de nieve,

en una bola de cristal.

Y una melodía infinita que resuena en todos los rincones del jardín:

La música de Carmen,

que al despertar,

cantaba la Melodía del Color,

de pétalos rojos y corazón negro”.

 

Patricia García Sánchez

 

“Sembraríamos cebada con nuestras manos. Sí, cebada, porque queríamos que esa tierra  nos recordara siempre que todos tenemos algo que podemos dar, aunque ese algo sea tan sólo unos insignificantes panes de cebada”

Lucía Baquedano. Cinco panes de cebada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *