EL PERFUME DEL YEMBÉ o LOS AMANTES-FLOR

EL PERFUME DEL YEMBÉ o LOS AMANTES-FLOR

los amantes flor 2

Como sabéis, vamos a celebrar el Día del Libro de una forma muy especial.
He preprado un cuento con todas las palabras que me regalastéis en la página de facebook.
El resultado ha sido el cuento:

EL PERFUME DEL YEMBÉ O LOS AMANTES-FLOR

En él se mezcla la interculuturalidad, el amor y el respeto al medio ambiente.

Las palabras con las que he jugado para poder constuir la historia son:

Estrella

Flor
Amigos
Sonrisas
Alambique
Burbuja
Burbruja
Risa
Ilusión
Beso
Mirada
Primavera
Alegría
Amapola
Empezar
Corazón
Amor
Libertad
Paz
Mona
Música
Empatía
Miedo

MIL GRACIAS A TODOS Y TODAS POR PARTICIPAR. Espero que os guste.


Se decía que Al-Razi no tenía corazón.
Hay quién comentaba que lo tenía escondido en algún lugar de su fresquera.
Otros murmuraban que lo había cocinado y se lo había comido después.
La mayoría apoyaba la leyenda de que lo había perdido cuando viajó a la profunda selva de Egipto. Allí, donó su corazón en una tribu indígena de monas pequeñas y juguetonas, a cambio de un yembé. El instrumento le acompañó el resto de sus días, pues se hicieron amigos inseparables.
Nadie sabe lo que hicieron con su corazón.
El joven se hizo percusionista. Tocaba el yembé con maestría y virtuosismo y llenaba su vida de ritmo y música. El pulso del jembé se convirtió en su latido.
Se decía que Amapola tenía dos almas, dos miradas.
Una se albergaba en su ojo izquierdo, de color azul turquesa como el mar caribeño.
Otra, en su ojo derecho, verde como el musgo de piedras en cascadas.
En cada alma vivía un hada. Burbuja, era el hada azul. Brubruja, el hada verde.
La primera era responsable de su sonrisa, aquella risa llena de son, que resonaba a borbotones entre las columnas y toldos del bazar.
La segunda acunaba el miedo a lo desconocido, el aburrimiento en las tardes soleadas observando a una araña tejer su malla desde su hamaca de cuerda y lino.
Amapola tenía el pelo color azabache, producto de la empatía de su madre con las montañas de Cuba, lugar al que pertenecía.
Se supo que Al-Razi inventó un instrumento maravilloso y desconocido: el alambique. Mediante él, fabricaba deliciosos y exquisitos perfumes que después vendía en el bazar. Aromas de flores delicadas, que crecían por doquier cuando llegaba la primavera.
Dicen que Al-Razi sesgaba los campos floridos para después realizar un brebaje secreto, un líquido mágico que destilaba con cariño y ternura en el alambique. Y comenzó a tener un próspero negocio de perfumes. Litros y litros de líquido aromático cabían en su fresquera.
En los campos, desaparecieron las flores, pues todas las arrancó. Viajó a otros países para conseguir esquejes y semillas. Después, realizó un sembrado en una gran pradera.  Plantó miles de semillas, las regó y cuidó. Las abonó con extrañas sustancias propias de la ciencia y observó su crecimiento.
Al cabo de un tiempo, las flores nacieron. Era un espectáculo precioso de colores y aromas. Cientos de pequeñas flores competían en belleza y frescura.
Al-Razi las cortó todas. No quedó ni una. Mientras, el yembé sonaba en ritmos e improvisaciones persistentes. Como una danza macabra.
Los perfumes ya no cabían en su fresquera. Tuvo que alquilar una gran nave para poder albergar millones de tarros de cristal.
Repitió aquél procedimiento año tras año. Hasta que el campo ya no dio más flores, cansado de trabajar, agotado y torturado de esfuerzo y maltrato.
Entonces, Al-Razi volvió a su casa y se sentó a cantar tristes melodías.
Cuentan que una mañana Amapola paseaba de la mano de Burbuja y Burbruja, una a cada lado, y que olió el aroma del Amor.
Al-Razi observó las dos miradas de Amapola.
         Empezar – susurró.
Y Amapola le miró con ilusión.
Entonces, se cogieron de la mano y caminaron al campo seco. El sol se escondía y el atardecer lo cubría todo con su manto anaranjado.
Las estrellas parpadeaban como luciérnagas en libertad.
La luna era un espejo de plata y de paz.
Me contaron que Amapola y Al-Razi unieron sus manos, enlazaron sus pies, enredaron sus almas en besos de mar y cascadas.
Entonces, una tímida flor brotó del suelo, allí donde ambos descansaban.
La pequeña flor se trenzó en sus cuerpos y se multiplicó por poros y cabellos, convirtiéndose en una maraña de tallos y cuerpos, de pétalos y sangre, de aroma y aliento.
Y así, llena de alegría de vivir, se deslizó por el cielo estrellado, entre música de yembés del África Negra, y perfumes destilados de zocos y bazares.
Sonidos y aromas. Flores  y estrellas.
Y un corazón desbocado, el pulso de la Madre Tierra, que perdona al amante y al amado.
Patricia García Sánchez
Para escuchar os dejo un momento de gracia de la historia de la música occidental:
Feliz Día del Libro.

2 Comments

  1. Puri dice:

    Una idea estupenda…si la repites…me apunto!
    Como siempre…un despliegue de sensaciones y emociones.
    Enhorabuena.
    Un abrazo multicolor…

  2. Muchísimas gracias, Puri.
    Ya haremos más iniciativas participativas y te avisaré.
    Un besazo enorme,
    La Música De Las Estrellas.

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